No creo en la Pena de Muerte


Por: Miguel Núñez Mercado.

Creo que nadie sabía más de la muerte que el periodista Raúl Morales Alvarez. Sin embargo, su conocimiento no venía de sus varias erudiciones, sino de estar siempre en el sitio mismo del suceso. El maestro –cuyos huesos reposan en el Cementerio de Quillota- había sido testigo de muertes tan frescas como una muchacha recién saliendo de la ducha.

El reporteo -desde adentro- la masacre de jóvenes nazistas en el edificio del Seguro Obrero. Se salvó, por milagro, de no figurar después entre la larga lista de asesinados. Su carné de periodista lo salvó de ser uno más de los sesenta cadáveres que él vio, pálidos y tiernos, entre las escaleras, aún entonando un himno que ya no se escuchaba en la inmovilidad de sus bocas.

Sin embargo, Raúl Morales Álvarez también tenía a su haber su presencia en varios fusilamientos de feroces asesinos. Alguna vez escribió, en “El Observador” una columna llamada “Yo los vi morir fusilados”. Allí relataba que vio a algunos de ellos llegar llorando al patíbulo y, otros, que parecían que enfrentaban al pelotón de fusileros como si hubieran salido a tomar el aire de la madrugada.

Raúl Morales Alvarez sostenía que la Pena de Muerte no servía para amedrentar a nadie. Argumentaba que el homicidio –por más brutal que sea- suele ser producto de un hecho pasional, de un desequilibrio o un desenfreno y que él no conocía excepciones a la regla. Además, más de alguna vez, se quedó con la tremenda duda si quien estaba sentado, esperando la mortal descarga, era el verdadero asesino.

Asimismo, creía que, por una extraña involución del pueblo chileno, al pasar sólo un tiempo, nadie se acordaba de las víctimas. También se recordaba vagamente lo que había hecho el condenado y lo único que importaba era el indulto. Si, por alguna razón, llegaban a cumplir lo que había ordenado la justicia, y lo mataban, el asesino se convertía en un santo popular que tendría por seguro una inmortalidad inmerecida.

Recuerdo estas conversaciones con Raúl Morales Alvarez, después que se avivara la polémica por rehabilitar la Pena de Muerte en el país, luego de la atroz muerte de la niñita Ambar. Y, luego de volver desde el Cementerio de La Ligua, donde fui a cumplir con la tradición de poner unos claveles en la tumba del poeta Jorge Teillier Sandoval.

Pero sin olvidar –por si acaso- de dejar otros en la del “fusilado” Fernando Carreño Meneses, "El Evangélico" que mató a todo su familia y pese a que enfrentó el viaje al otro mundo como un parricida, hace milagros de los ciertos. Por lo menos, así lo atestiguan las decenas de plaquitas de agradecimientos “por los favores concedidos” y las flores frescas que, diariamente, llenan su sepultura.


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