OPINIÓN: La triste historia de “los mudos” de La Calera


Por: Miguel Núñez Mercado.

 En una crónica periodística de Gabriel García Márquez escribe de “los mudos” de La Calera. No se trata, obviamente, de La Calera de estos lados, sino de un popular barrio de la capital colombiana, que es también el escenario de su magistral libro-reportaje “Noticia de un Secuestro”.

En la columna, que Gabriel García Márquez llama “jirafa”, habla de unos extraños seres caleranos que no podían hablar. Antes tenían que poseer el permiso por escrito de su jefa. El salvoconducto para que abrieran la boca tenían que pedirlo “los mudos” –como empezaron a llamarse a sí mismos- o quien quisiera, hablar con ellos. Especialmente esos seres entrometidos que llaman reporteros.

Era un trámite engorroso, pues el permiso sólo lo daba la comisaria del Ayuntamiento –que no era la que había elegido la comunidad- u algún otro funcionario que le llevara al hombro las partes más pudendas o se las succionara. Pese a que había verdaderos eruditos entre quienes querían hablar, se tenían que guardar su sabiduría a regañadientes y repetirla, solos, frente un espejo o en el agua del estanque, para encontrar alguna complacencia.

El problema es que –según el escritor- la perentoria orden de enmudecer y también el poco uso de la boca atrofió, lentamente, la lengua de “los mudos”. Hasta perdieron el sentido del gusto y hasta la carne de la guayaba o la del tomate de árbol no les sabía bien. Entonces, sólo pudieron comunicarse, entre ellos, con señas y gestos tristes. Los más valientes y atrevidos ensayaron algunos sonidos guturales que había que adivinar.

Mientras la comisaria –la que había venido de otra parte y por un trueque político- que los había obligado a enmudecer y sus adláteres, desarrollaron una formidable labia de papagayo. Hasta decían discursos en las radios de La Calera y barrios cercanos, contando bondades falsas en las que siempre ellos eran protagonistas.

“Los mudos” escuchaban, obligados, los discursos hasta el cansancio. Algunos se dormían, escuchando al Loro Real, que no dejaba de hablar como si oír su voz fuera una penitencia ante algún pecado de Cuaresma. Como “los mudos” tenían prohibido hablar, se les apretó tanto la lengua que a duras penas podía tragar el agua. Hasta que su músculo verbal se les convirtió en un pedazo de suela dentro de la boca.

La podredumbre vino luego, junto con la llegada de la peste, que empezó a matar a muchos caleranos. Cuando fueron por ellos, ante la cercana posibilidad de la muerte, para preguntarle qué podían hacer para detener la pestilencia, no obtuvieron nada de ellos. “Los mudos” ya no podía mover la lengua y se habían olvidado completamente de hablar.

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