Una mañana de sábado en Horcón

Por: Miguel Núñez Merado

Fotografía: Adrián Ogaz Pineda. 
Pese a la posmodernidad, Horcón está donde siempre y es el mismo. Yo fui allí, hace un buen tiempo, un adolescente ingenuo, fantaseador y asombrado. El sábado llegué temprano y había neblina. Igual podía divisar lo que sigue siendo el verdadero pueblo-balneario: el cerro de fondo con sus casas, unas sobre otras, como un Valparaíso de postal.

A pocos metros, el mar golpeaba despacio sobre la arena. Los botes apenas se movían. La única agitación que se sentía era la de unos caballos que resoplaban con fuerza. Tiraban del mar una lancha llena de peces que brillaban al sol.

Sentado en un muro de la costanera intenté leer algo de “Yonqui”, una novela de William Burroughs. Hacía semanas que el libro andaba en mi bolso. No sé porque no me había interesado antes. El “gurú” de las drogas fue casi una Biblia de mi generación.

Leí sólo el prefacio. Realmente no estaba muy preocupado de la lectura. Apenas comenzó a salir el sol, Horcón empezó a despercudirse de su pereza. Casi no me di cuenta. Volví al libro de Burroughs y leí una frase que había marcado: “La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir”.

Me quedé pensando. La mañana siguió creciendo. La luz del sol me dejó ver más lejos. El mar se mantenía juguetón y el horizonte era brumoso. Más acá, el verano se derramaba sobre el paisaje, como lo había visto desde siempre.

Recordé, ensimismado, cuando tratábamos de hallar, en el fondo de los botes que llegaban a la caleta cargados hasta los bordes, los tres jureles de ojos tristes que el poeta Juan Cameron había dedicado, como poema de amor, a su mujer.

Repetí, en mis sesos, algunos de sus versos: “Traigo tres jureles para adornar tu mesa… /En tu lengua, condúcelos al Cielo de los peces”. El libro estaba dedicado “a Cecilia Delgado, la Virgen de Lo Vásquez y la Revista Luz”. Me reí, callado, de la brutal blasfemia.

La Revista “Luz” fue la primera, hace unas cinco décadas, que asumió el sexo como asunto público. Traía unas mujeres desnudas, en blanco y negro, que ahora podrían postular a monjas. Con ellas en la mirada –y en la imaginación- nuestra generación se masturbaba.

Cuando volví al paisaje cierto de mis ojos, todo había cambiado. Los turistas y los automóviles colmaban las estrechas vías y los lancheros gritaban tanto que me dolían los oídos. Una ráfaga de viento me trajo el olor a meados oreados por el sol.

Salí de mi ensimismamiento. Por un momento, pensé que había vivido en el mítico Horcón uno de mis días de otros tiempos y que, francamente, estoy enfermo de nostalgia y que, parece, me hace mal vivir de la memoria.

Entonces, me puse a escribir estos apuntes de la mañana de un sábado en Horcón. Como aún no están terminados quizás podrían llamarse -parafraseando a William Burroughs- “la nostalgia no es un estimulante. Es un modo de vida”. Por lo menos, yo así lo creo y así la vivo. Y, francamente, no creo que cambie.

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